05 julio 2006

¡ Que bonito!

Ayer jugaron Italia y Alemania la primera semifinal del campeonato del mundo y nos maravillaron con un sensacional espectáculo.
Italia, siempre criticada por su juego ramplón, tosco, oportunista, sin alegrías para la galería, nos calló a todos la boca enseñándonos como se debe ganar un partido importante en un medio hostil.
Y lo hizo de la manera mas sencilla que se puede hacer, que no es otra que mostrando actitud, ganas e ilusión por ganar y sobre todo, fe en sus posibilidades.
Italia no ha engañado a nadie. En este partido, ha estado como era de imaginar, sensacional en defensa, donde a estas alturas del torneo, situados ya en lo mas alto de la final del Campeonato del Mundo, con un ´solo paso pendiente de dar para alcanzar la gloria, y estampar de nuevo su nombre en letras de oro y, a que siempre se recuerde que aquel Mundial fue de nuevo italiano, como decía, a estas alturas, nadie ha conseguido meterles un gol. Ha habido un autogol pero los contrarios no han sido capaces de perforar las mallas italianas, porque a parte de una magnífica defensa de diez jugadores comprometidos, que atacan y defienden, existe un último valladar con nombre que suena a hazmerreír, a payaso, Bufón, que no es sino la antítesis de su propio nombre. No hace reír, asusta, es como un gigante ante el que la portería se muestra de juguete a los ojos de sus rivales, que no son capaces de adivinar ni un solo hueco por el que pueda entrar el balón. ¡ que magnífico portero! ¡Que tranquilidad!,¡que seguridad para un equipo acostumbrado a replegarse y a sufrir!
Italia ayer, como hace siempre en los momentos estelares, demostró que sabe jugar, que son capaces de acogotar al contrario, con su fuerza y con su clase. Desde el televisor la impresión que me recorría el cuerpo mientras disfrutaba del partido, rezando para que no acabase, para que el tiempo no pasara, era que los alemanes eran fornidos jugadores, que en la lucha sin cuartel que mantenían con el equipo italiano parecían gigantes, fuertes y poderosos con una increíble técnica para sus estaturas, Los italianos se me aparecían mas pequeños, pero igual de luchadores, y sobre todo, nunca reuían el choque Hubo una entrada fuerte, noble, al balón entre Totti y Ballack, ambos poniendo lo mejor de si mismos en esa lucha despiadada y Totti voló sobre la espalda de Ballack que mantuvo su figura en pie y fue capaz de proseguir la jugada a pesar de la violencia del encontronazo. Para mí en eso se resumía el partido, en la fuerza descomunal alemana, que con insistencia buscaba la portería enemiga alentada por sus incondicionales hinchas, y la fuerza mental italiana, no cediendo ni un ápice en su desempeño, peleando cada balón como si fuera el último. Con la seguridad de que el triunfo sería suyo.
Fue un partido de ida y vuelta de continuos ataques y contraataques en los que los alemanes parecían tener mas desviada la puntería y en el que los italianos acertaban en sus tiros siempre entre los tres palos donde Lehmann, portero alemán detenía con total “sencillez y tranquilidad” los potentes misiles italianos, haciendo fácil lo difícil. Así transcurrió el partido, de una portería a otra con continuas posibilidades, mostrando cada uno sus cartas de forma clara. Un partido que podía decantarse para cualquiera de las dos escuadras.
Y llegó la prórroga y apareció una Italia que quería ganar, que empujaba, que sorprendía a su rival con continuos contraataques haciendo pases y jugadas que nunca imaginábamos, por la idea preconcebida que tenemos de los equipos italianos, fueran capaces de hacer. Primero un poste, tras disparo de Gilardino, luego el larguero tras misil de Zambrotta. El asedio en ambas áreas era continuo aunque el peligro era italiano. Podolski por parte alemana obligó al lucimiento de Buffon
Los alemanes no se rendían, tenían a su público empujando sin desmayo , pero en el minuto 119, como no podía ser de otra manera, a la italiana, haciéndolo a la manera que mas duele, cuando ya sólo restaba un minuto para acabar el partido y no había tiempo para la reacción, Grosso, nombre de sucesor de aquel mítico goleador madridista, sustituto con el número 9 de Di Stéfano, con la zurda, dentro de un área poblada de torres alemanas, conectó un precioso chut suave, con elegancia, con efecto, que pasó ante los incrédulos defensas alemanes, que veían a cámara lenta como les superaba a todos ellos, para alojarse en la red.
Era el fin, Alemania sacó fuerzas de donde ya casi no quedaban, quería igualar, se volcó en el campo italiano y cuando mayor era el asedio, tras una magnífica jugada de contraataque italiano, apareció, no podía ser otro, Del Piero. La historia le reservaba este honor al gran jugador italiano, que había sido suplente y que deseaba mas que nadie decir, que ahí seguía él. La finalización de la jugada fue excepcional ante la salida desesperada de Lehmann, que veía como el balón limpiaba las telarañas de la escuadra izquierda de su portería, tras mágnifica jugada del equipo italiano, al que parecían no pesarle los 120 minutos de derroche y fuerza. certificando el triunfo de la fe, de las creencias en uno mismo, que la selección italiana había demostrado. Y el árbitro pitó el final. El equipo alemán de gigantes no era sino una tropa desecha, que lloraba sobre le césped, su impotencia y su frustración. Los italianos aparecieron como gigantes, alegres abrazados, orgullosos de su gesta.
Nosotros en el televisor sentíamos que el tiempo hubiera pasado, que hubiera llegado el fin., y soñábamos con que alguna vez nuestro equipo, España, sea el protagonista de un partido así, haciéndonos sentir el orgullo de una victoria como ésta, la sensación de que somos capaces. Luego volvimos a la realidad y sonreímos ante la grandiosidad del espectáculo que acabábamos de ver.
Internamente me prometí, que no volvería a criticar la “racanería” italiana, ya que hoy me habían hecho vibrar con el partido, y me habían demostrado que cuando quieren, cuando el momento lo precisa, cuando realmente hay que hacerlo… ! ellos sí son capaces.¡